Caminaba como lo hacía todos los días por esa calle, disfrutando de los aromas que provenían de los cafés que decoraban el sector, y como nunca lo hacía…esa tarde decidió parar su rutina, y se sentó a ver a la gente entrar al café que escogió.
Se pidió un expreso, y con tranquilad comenzó a tomarlo, escuchaba atento la música escogida por aquel lugar, decidido a dejar fluir sus sentidos, y fue allí que entre el ajetreo de aquel café, el tiempo se detuvo y la vio.
Vio su pelo negro tomado en una moña, y su blanca piel…una sonrisa dulce que iluminaba su rostro con cada coqueta risa y sus ojos contrastantes con melancolía.
En una mano una taza, en la otra un cigarro que seguía el compás de sus movimientos, dejando una huella en el aire que se mezclaba con el viento. La miró con tanta intensidad, que grabo cada marca de su cara, y cada gesto, en su cabeza.
Allí, en ese preciso momento, supo que ella era a quien buscaba en sus cotidianos paseos y que su vida tenía que compartirla junto a ella.
Todo había ocurrido varios meses antes de esta noche, y ahora la perdía, la dejó salir de aquel salón sin resistencia, que imbécil se sentía…destruido, quebrantado por dentro… acaso…¿ todo había sido en vano?, pero algo le decía que aún no debía abandonar la esperanza de tenerla junto a el, y aún con retraso, corrió tras ella.. Quién ya, había desaparecido. Se sentó en los peldaños que daban al jardín y con esa rabia que nos da la decepción, desarmo el nudo de su corbata y desabotono el cuello de su camisa…y ahora… ¿qué haría?... la música ya acababa y él aún pensaba y se hundía en el fondo de su autocompasión… el tiempo se agotaba y ella se le iba.
Yael