Desde que nacemos, hasta que morimos, nos relacionamos con personas. Nuestro primero contacto con el cariño, amor y preocupación, son nuestros padres, que aunque a veces muchos lo duden, nos quieren tal cual vinimos al mundo, y con ellos el tema de aparentar se hace difícil, porque te conocen de tal forma, que no puedes ocultar tus penas y preocupaciones tras una sonrisa.
Comienzas ha crecer, y el panorama se torna un poco más complicado, porque… sin querer, buscas pertenecer a algo, buscas la aceptación de gente que eliges como tus pares.
Cuando niños, todos somos amigos… no cuesta tanto relacionarse, a un pequeño se le cae algo, el otro se lo recoge, se miran, babean, se sonríen y pueden pasar toda una tarde como los mejores amigos del mundo.
Al entrar al colegio… comienzan los grupitos excluyentes de las niñas y las burlas de los niños, y parte el periodo de mayor trauma, para aquellos llamados “tímidos”, algunos superando esta etapa con resultados aceptables ( uno de los caso….yo) y otros que aún tienen problemas con eso.
Pasan los años y ya no se molesta tanto a las personas distintas, los grupos se abren un poco más, buscas gente más a fin a ti, y no dada por las circunstancias como en años anteriores. Encuentras a los mejores amigos del colegio y creces en tu pequeño núcleo amistoso que se junta con otros núcleos expandiéndose tu entorno de a poco, pero te sientes segura a pesar de todo… el mundo aún no se abre para ti, estas con la misma gente, y siempre apoyada con tu familia detrás… y piensas que todo el mundo es bueno y que todo el mundo te sonríe, que la gente mala solo está con la mala y que si no te metes con esa gente, tu vida pasa totalmente desapercibida para ellos, así que la palabra felicidad y confianza en una relación verdadera son prácticamente tu himno y emblema.
Y aquí ocurre un corte… entras a
En fin… ocurren una serie de movimientos en tu grupo, y por primera vez en tu vida, comienzas a analizar las acciones de las personas con mayor profundidad… y así comienzas a vivir en un sube y baja de emociones, te sientes como en una montaña rusa.
Estas sentada en el carrito… y vas subiendo con cada logro de quienes te rodean… o con cada lindo detalle y palabra de aliento, y cuando estas en la cúspide, comienzas a bajar rápidamente con ese nervio en el estómago… y ahí te das cuenta que también la gente te puede decepcionar… y no es algo malo tampoco… porque empiezas a analizar tu vida… ¿a cuanta gente en mi vida habré decepcionado alguna vez? ¿A cuantos habré dañado con una actitud de la cual no me di cuenta? ¿ cuantas de estas decepciones son realmente justificables y cuales no?, y comprendes que la vida no es color de rosa… si no más bien, que se mueve en diferentes tonos de grises, pero da igual, al final quieres a las personas como son, y punto, aunque en tu esquema mental te siguen desencajando actitudes o acciones que antes en tu pequeño nidito parecían inconcebibles… y avanzas, dejando a gente atrás, adquiriendo nuevas personas ( suena frió, pero es el viaje de mis relaciones personales), recuperando personas que en un tiempo fueron demasiado importantes para ti y otras que sientes que poco a poco ya se van haciendo parte indispensable de tu vida.
Y son estas últimas dos opciones las que más te preocupan… uf… realmente preocupan… pero no en un sentido malo, si no más bien como un gusto… porque son como plantitas que hay que regar a diario y creo que eso es lo que más me gusta… las cosas paulatinas… las cosas con cuidado… pero… ¿cuanto puede durar? ¿Que tan frágil puede ser?... son temores que a cada rato me dan y me hacen cuestionarme el…¿que tan fuerte es un lazo?…
He visto últimamente demasiada polémica en el ámbito de la amistad, demasiada turbidez, todo como una carga muy pesada y eso me da miedo… porque, al menos, lo que yo ofrezco es una amistad duradera, y confiable… pero de los otros… ¿Qué s puede esperar?... creo que hasta ahora he ido eligiendo bien…
No hay comentarios:
Publicar un comentario