miércoles, 1 de septiembre de 2010

El Vendedor Enamorado ( 3 meses desde que se escribio)

“Miré sus ojos y el corazón pareció detenerse de golpe. Nada interrumpía la conexión formada pese a todos esos metros que nos separaban, despertando el mutuo deseo de contacto entre dos pieles tan diferentes.” Ese tipo de cosas leo siempre, mis amigos dicen que soy un enamorado del amor que ya no existe, pero pese a eso, a mi me gusta creer que aún queda gente que siente como lo hago yo.
Todas las mañanas me ubico con mi carro a la salida del metro. En el vendo de todo: Leche, yogurt, barras de cereal, papas fritas, chicles…y algunas cosas más.
Salgo de mi casa a las cinco de la madrugada, cuando aún está todo oscuro y el piso empieza a adquirir ese tono blanquecino producto de la escarcha invernal. Saco mi pequeña tienda rodante a la calle, coloco sobre mi cabeza el gorrito de lana del Colo-Colo que me dio mi sobrina para la navidad, y comienzo a pedalear.
Un par de veces han estado a punto de chocar mi pequeño capital, y con algunos movimientos rápidos he logrado salvar mis cosas y mi vida.Una sola vez quede malherido, un auto no freno a tiempo, y por lo resbaloso que estaba el piso me paso a llevar a mi y mi carrito. A ese maricón no le importo, yo creo que quizás le dio miedo, así que sin detenerse, siguió su camino y me dejó a mi tirado con la mitad de mis leches derramadas y un brazo roto. A veces, cuando ando positivo pienso, que son los riesgos que yo elegí correr por llevar una vida honrada. Los que se dedican a carterear a las personas, son esos pobres infelices que perdieron toda esperanza.
Hace cinco meses se inauguró un nuevo edificio de oficinas, a media cuadra del metro. Hace cuatro meses que sueño con la misma persona, todas las noches. No se como se llama, nunca le he preguntado, siempre llega apurada a comprarme lo mismo. Como ya conozco que me pedirá, le tengo las cosas apartadas para que no llegue atrasada a su trabajo. Una barra de cereal, un yogur de frutilla y unas galletas de coco. Siempre es la misma dinámica. Apurada taconea hasta mi puesto, me sonríe agitada, colorada por subir rápidamente las escaleras mecánicas, le paso las cosas que me pide, me paga con el dinero justo, se despide con un “hasta luego” y cruza la calle que nos separa a la máxima velocidad que puede lograr con sus zapatos y el peso de la cartera, que hace que se curve hacia la derecha.
Hoy decidí cambiar un poco la rutina, le quiero hablar, cruzar más palabras que un “buenos días y hasta luego”.
Son las siete y media de la mañana, y ya llevo una hora de trabajo. No puedo dejar de mirar la escalera mecánica del metro, pese a saber que aparecerá en quince minutos más. Estoy ansioso, siempre he sido tímido, la verdad es que nunca he tenido mucha llegada con las mujeres. No puedo piropear en la calle, se me traba la lengua antes de hacerlo y empiezo a transpirar demasiado si cruzo una sonrisa con una mujer.
Debe de estar por llegar, ya va a aparecer. Quizás venga con ese traje azul que hace resaltar sus ojos claritos, o tal vez con ese rojo que combina perfecto con el tono de sus labios. Talvez incluso estrene uno nuevo. ¿Quién sabe?,pero... Ya tiene que estar por llegar, yo lo se.
¡Ahí está!, se acerca lento, es extraño.
- Buenos días- Le digo yo, mirándola a los ojos, creo que algo le pasa.
- Buenos días, quisiera…
- Una barra de cereal, un yogur de frutilla y unas galletas de cocos.- Le digo con un tono amistoso, no vaya a pensar que soy alzado, o algo así.
Ella me sonríe, y por primera vez en tantos meses, me mira.
- Sí, eso por favor
- Le puedo decir algo señorita?- Le pregunto. Mi corazón no para de palpitar.
- Si, dígame – Ella busca con tranquilidad las monedas. Me extraña que sea así, por vez primera en mi vida, las cosas me están saliendo como deben.
- Tiene cara de cansadita, le pasa algo?, no es que sea metiche, pero es primera vez que la veo así, Ud. Siempre se ve con tanta energía.
- Cómo se llama Ud?- Me pregunta seria, parece que mi comentario le ha sentado mal.
- Pablo señorita, disculpe si le molesto la pregunta.
- No Pablo, no me molesto, es solo que…
- ¿Si señorita?- No me gusta como están sus ojos, hinchados. Seguramente un imbécil la hizo llorar.
- Bueno Pablo, Ud ya es parte de mis mañanas, así que supongo que también me tengo que despedir de Ud.
- No entiendo bien a que se refiere.
- Me llamo Andrea.
- Un gusto señorita.- Pensé que se llamaría Claudia, o Anita, no tiene cara de Andrea.
- Oiga Pablo, me podría tutear?, si me trata de Ud, me siento mucho mayor de lo que soy.
- Solo si tú me tuteas también.- No puedo creer que este hablando de tu a tu, quizás, si todas las mañanas hablamos como hoy, después me atreva a invitarla a salir. Quizás a ella no le importen las diferencias.
- Bueno Pablo, así será.- Me sonríe con tristeza. Necesito saber que es lo que le pasa.
- Andrea, no me has dicho que es lo que te pasa.
- Hay Pablo, como te decía. Ya eres parte de mi vida diaria, y hoy me he detenido un rato más aquí para despedirme.
- Se va de…
- Pablo, tutéame.
- Te vas de vacaciones?
- Ojala así fuera, pero no.
- Entonces?, Te despidieron?
- No, renuncié.
- Renunciaste?, y eso porque?.- ¿Renunció?, pero como que renunció?, significa no volverla a ver. Quizás logre averiguar a donde se cambiara, donde esta su trabajo nuevo, y así yo… quizás pueda trabar por ahí… o talvez, pueda pedir su numero, para poder hablar…
- Por problemas personales… debo salir de la ciudad- Su ojitos están tristes… debe salir de la ciudad…y ahora qué?
- Usted no me conoce en realidad, pero quizás le sirva conversar con alguien, desahogarse un poco, conozco un café por aquí cerca…
- Hay Pablo, gracias, pero ahora tengo que ir a buscar mis cosas a la oficina, de verdad no te preocupes.
- Ud. Sabe que yo… Tu sabes que yo siempre estoy aquí, espero a que vayas.- Dime que si vamos, por favor…dime que sí.
- Bueno, nunca un café a matado a alguien no?, pero no hablemos de eso, no quiero pensar en eso.
- Hablemos de lo que quieras entonces.
- Aquí tienes la plata.
- No te preocupes por eso.
- Acéptala, tú pagas el café después.
- Bueno.- Me río y estiro mi mano. Rozo la suya. Es tan suave y tan tibia. No puedo creer como es que llegue a este extremo. No puedo dejar ir esta posibilidad.
- Ya, yo creo que en unos veinte minutos más, nos encontramos aquí. No son muchas cosas las que tengo. Pero, el protocolo… tu sabes.
- Bueno, como te dije, aquí estaré.
- Hasta luego.
- Hasta luego.

Ella me hablo, acepto mi salida, y me dijo que estaría en veinte minutos más. ¿Quién dijo que los sueños no se cumplen?, me gusta que camine relajada. Se ve tan bien esperando que cambie el semáforo. Me gusta verla cruzar la calle. Se está demorando mucho, ¿acaso no ha visto el auto rojo?, Cruza más rápido, ¡cruza!.
- ¡Andrea, el auto! ¡¡¡El Autooooo!!!!

Yael Muldman

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